D. La Floresta

Capítulo 3 – Vacaciones y estudios en La Floresta

PASEOS DE VERANO

 Cada verano, desde que yo era chica antes y después del viaje a USA salíamos los sábados o domingos a visitar distintos balnearios y sus playas, bajábamos a la arena con el auto Ford T y Papá enganchaba una lona del auto y de unos caños que enterraba en la arena, como un toldo, colocaba unas sillas que traíamos en el auto y ahí nos instalábamos.

Una vez fuimos a Atlántida y al tratar de salir de la playa, el auto se hundió en la arena. Con mucho esfuerzo, y con la ayuda de otros bañistas, consiguieron sacarlo, pero Mamá por estar expuesta al sol mucho rato se quemó mucho, estuvo con fiebre muy alta, con tratamiento médico. Cuando Mamá se recuperó volvimos a los paseos.

 Fuimos a ver el hotel Piriápolis, del cual se hablaba mucho. Después que volvimos de New York íbamos más a La Floresta, nos gustaba mucho ir a playa y, después de bañarnos, ir a los bosques a hacer nuestro picnic.

    

 Foto: Peggy, Mamá y yo en Piriápolis 1937

 

Una de las veces que fuimos a la Floresta, pasamos el día con unos amigos de Buenos Aires, John Heaton, americano, su señora Marta y su hija Janie (se pronuncia Yeini), que era cuatro años menor que yo, muy divertida y llena de picardía. John, o Uncle John como nosotras lo llamábamos, trabajaba en Swift como mi padre, pero en Buenos Aires. Se veían cuando mi padre tenía que ir a Buenos Aires. Marta era argentina, tenía parientes acá, uno de ellos el Sr. Lafone, del Lafone Hall donde esta la iglesia Anglicana, otros eran los Tomkinson, del Parque Tomkinson, y no nos dejaba olvidarlo. No le gustaba que la llamáramos ‘Aunt’ (Tía). Era muy coqueta, y muy ingenua -se creía todo lo que le decían-, tenía una risa muy graciosa y fue muy cariñosa conmigo cuando viví con ellos un año, en 1945, y con mi hijo Tommy cuando fue a estudiar periodismo en 1971. En aquella ocasión ellos se estaban quedando en el hotel La Floresta, que creo fue construido en el año 1936.

Papá se había comprado un auto nuevo, un Ford de 1936, y en él salimos todos a dar una vuelta por el balneario. No era fácil ya que las calles eran de arena cubiertas de pinocha, excepto por la principal, la rambla y la paralela a la rambla que eran de pedregullo. No era fácil pasar con el auto. Había un señor encargado de mantener las calles en buen estado. Pasaba con un carro lleno de pinocha que recogía en los bosques de pino y que luego volcaba en las calles. Más adelante, ya veraneando en el balneario, cuando salíamos en bici íbamos por la huella que dejaban los autos. También la entrada del balneario, la principal carretera, era difícil de transitar, era de tierra, cuando llovía había que ponerle cadenas a las ruedas para no empantanarnos.

Durante el paseo en Ford, pasamos por unos terrenos que tenían cartel de venta a muy buen precio, quedaban a 3 cuadras de la playa y una cuadra del centro donde estaban los pocos comercios que había. Uncle John y Papá se entusiasmaron enseguida, las señoras no tanto, pero ellos consiguieron convencerlas y enseguida empezaron a hacer los trámites, además convencieron a otro amigo soltero y entre los tres compraron los tres terrenos uno al lado del otro.                                      

Los únicos que construimos fuimos nosotros, los otros dos finalmente vendieron. Los Heaton venían a quedarse algunas semanas todos los veranos con nosotros. Janie y yo nos hicimos muy amigas a pesar de la diferencia de edad, ella siempre estaba pensando en alguna travesura divertida.

   Foto:  Playa Carrasco

Foto: Playa Pocitos. Familia Dunn, Rose Mary, sentada, a la izquierda, Peggy, de pie, a la derecha.

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LA CASA DE LA FLORESTA 

   Alrededor de mediados de ese año, después de planear con Mamá como quería que fuese la casa en La Floresta, Papá empezó a hacer los planos. La idea era hacer algo para ir los fines de semana al fondo del terreno y más adelante construir una casa más grande al frente.   

   La casa tenía 2 dormitorios chicos en los que había una cucheta a lo largo de la pieza y un espacio para colgar la ropa con estantes arriba, además tenía una pequeña cómoda de tres cajones y dos alitas, todavía la tengo, y una silla que se podía convertir en escalera para subir a la cama de arriba de las cuchetas. Un comedor chico al lado de la cocina, un living de 5m x 4m y un baño.

   Para noviembre tenía los planos ya firmados por un arquitecto amigo, empezó la obra con un obrero oficial, y con Willy, un checo que hacía trabajos zafrales en Swift. Willy y el obrero se quedaban a dormir en la obra, Papá iba todas las tardes. Salía de Swift a las tres de la tarde, llegaba a Floresta a eso de las cuatro. Eso era todo un record porque había que ir por camino Maldonado, cruzar Pando y seguir por una carretera angosta bordeada por árboles. Antes de llegar a Soca, también llamada Mosquito, había una curva muy peligrosa, llamada la curva de la muerte, al llegar al centro de Mosquito se doblaba al sur hasta el balneario.

   Al llegar Papá se ponía a hacer lo que fuera necesario, como colocar ladrillos, cañerías etc. además de controlar lo que se hizo durante el día mientras que él no estaba. Cuando oscurecía volvía a casa, con el cambio de horario de verano eran cerca de las diez.

   La casa fue construida sobre arena. Para que eventualmente no se pro-dujeran rajaduras, por el movimiento de la arena, Papá hizo los pilotes en forma de hongo, con la base ancha abajo, también hizo toda la instalación eléctrica y la sanitaria.

   Para Navidad, un mes y medio después de empezar la obra, nos instalamos. Solo faltaba terminar de colocar el piso del living y la conexión eléctrica.

   Al terminar toda la obra, mis padres decidieron convertir el comedor en su dormitorio, se dieron cuenta que el que estaban usando era muy chico para dos personas mayores, y descartaron la idea de construir otra casa más grande al frente. En vez construyeron un segundo piso e hicieron otras reformas.

   El verano siguiente los Heaton se quedaron unos días en casa. Uncle John contaba que se fue a dormir con una cocina al lado y se despertó con un baño, estaba exagerando lo que pasó fue que Papá se dio cuenta que el lugar del baño no era cómodo, así que lo cambió de lugar. Achicó lo que fue la cocina y le agregó un placard al dormitorio y una estantería entre esta pieza y el baño para poner la loza, toallas y sábanas. A la cocina le tuvo que agregar un metro hacía un costado, para que fuera de buen tamaño y cambiar la puerta de lugar. Arriba de la cocina construyó un cuarto para la empleada y al fondo puso un baño chico para ducharse cuando volvíamos de la playa.

      

 

Por unos años, desde el frente de la casa hasta la vereda había solo arena. En  1943, en medio del terreno, Papá construyó una glorieta de 3m x 2,5m techo de quincho y barandas de madera cruzadas. En 1946, cuando Swift estaba cosechando arvejas en Rincón del Pino, San José, Papá trajo un camión lleno de los desechos de las plantas, y las esparció sobre la arena, luego le echó tierra y semilla de pasto, que trajo de USA.

 

Mamá y Peggy 1942 – Cuando nos quedamos hasta junio.

Las bicicletas quedaban afuera todo el año – sin cadenas

    Jackie, Tobi y Rosemary -1946

 

Rosemary y Jackie en la Glorieta – verano de 1946

 

Vida en LA FLORESTA

Siempre le voy a agradecer a mis padres los años que disfrutamos en La Floresta, había un ambiente muy familiar, tuve muy buenos amigos. Además, entre ellos, había varias chicas que iban al mismo colegio que yo, dos de ellas estaban en mi clase, e iban, igual que nosotros, a pasar los fines de semana en La Floresta durante el invierno. Sé que la idea y el trabajo de construir la casa fueron de Papá, pero la paciencia de preparar todo para ir a pasar todos los fines de semana ahí, los primeros años, y convertirlo en un hogar en verano, eso lo hizo Mamá.  

Papá en verano salía de la oficina a eso de las tres y media de la tarde y en una hora hacía el viaje, manejaba muy rápido, no le gustaba que lo pasaran en la carreta, veía acercarse un auto y aceleraba. Al llegar a casa lo primero que hacía era ir a la playa con todos nosotros, a darnos una zambullida y luego subir, a mis padres no les gustaba estar mucho rato en la playa. Mientras que Papá se dedicaba a reformar algo, Peggy y yo tomábamos un Toddy (chocolate con leche) con galletitas; siempre teníamos unas latas grandes de galletitas: Soler, María y Expreso y nos íbamos al club hasta la hora de cenar.

 

El Club

      El club tenía una cancha de tenis, un frontón para jugar a la paleta, una cancha de básquetbol, que servía para voleibol y fútbol, una pista para patinar que tenía una base redonda arriba y luego bajaba a los costados de una loma como formando un anillo o caracol. También tenía una pista de baile afuera bastante grande, se usaba todos los días de tardecita.

   El edificio del club tenía un enorme salón con ventanales grandes, la entrada estaba en un costado, en la pared opuesta a la entrada había un mostrador. En la pared del fondo había una enorme estufa de leña que se prendía solo los fines de semana en invierno. Servían almuerzos, té y cena, aparte de bebidas y de sándwiches.

    

En nuestro primer verano se inauguraron nuevas instalaciones en el club. Hubo una cena para festejar y Papá se hizo socio fundador. Había tres categorías de socios, los que pagaban una cuota anual, los socios del verano y los que solo iban por un mes nosotros pagábamos una cuota anual de menores de $3,00.

Papá al principio iba mucho al club, era muy conversador y hablaba bastante bien el español, pero con un acento americano muy pronunciado, hasta era gracioso, por esa razón conocía a todo el mundo, lo llamaban El Inglés. Tengo entendido que a nuestra casa todavía le dicen la casa del inglés. A mamá le costaba hablar, porque le daba vergüenza pronunciar mal el español, excepto cuando se enojaba, ahí si se largaba a hablar sea como sea. La única otra familia que hablaba inglés en el balneario era la de Hoy, vivían a media cuadra. Tenían dos hijos Peter, de mi edad y Ann Marie unos años menor. El señor trabajaba en Swift, Molly, la señora era muy simpática venía a veces a conversar con Mamá. Total que por el tema del idioma prefería quedarse en casa, disfrutaba sentarse en el porche rodeada de bosques de pinos debe haberse sentido un poco sola, nosotras como buenas chiquilinas no nos dábamos cuenta y salíamos en bicicleta o nos íbamos al club. 

Un día se vino un temporal con un viento muy fuerte, yo estaba en el club, al notar el viento me preocupe porque sabía que mamá estaba sentada en el porche, me fui a casa. Al llegar a la esquina vi como el viento la levanto y tiró con silla y todo al terreno de al lado, por suerte solo tuvo unos moretones.

 

Vecinos

El primer verano a la hora de la siesta nos quedábamos en casa, hasta que conocí a Alicia y Gloria Rodríguez. Empecé a ir a su casa algunas veces después de almorzar, luego se convirtió en una costumbre diaria. También iba su prima Maruchi Castilla, algunas veces su primo Daniel Muttoni, que era muy bueno, nos hacía todos los gustos.

Yo cruzaba por los bosques que había a los fondos de nuestra casa para llegar a la de ellas. Teníamos una señal, el grito de Tarzan, yo esperaba en casa, cuando lo oía quería decir que ya podía ir. Cuando, en respuesta, yo gritaba dos veces quería decir que no me dejaban ir, y si ellas gritaban 2 veces quería decir que no podían tener visitas. Como se habrán dado cuenta, no había teléfono.

En nuestra cuadra había solo dos casas, la nuestra y la de la esquina que pertenecía a la familia Bosh, creo que tenían dos hijos mellizos y una hija. Los hermanos por lo general invitaban amigos, estaban todos cursando los primeros años de la Facultad. Siempre uno de ellos antes de ir al club pasaba por casa para pedirle a Peggy que jugara con ellos al frontón (tendrían alrededor de 20 a 24 años y Peggy solo 12) porque si ella llegaba al club antes, siempre había algún otro esperándola para jugar, entre ellos señores mayores, padres de nuestras amigas, porque era una crac, también jugaba muy bien al tenis. Cómo sería de buena, que una pareja vino a hablar con Papá para que la hiciera socia del Club de Tenis del Prado, querían entrenarla para competir en campeonatos. Pero no se hizo socia, aparte de que quedaba lejos de casa, Peggy ya había conocido a su futuro marido, Teddy Suaréz, que era un poco celoso, y decidió no ir.

Enfrente, a la izquierda y en el fondo de casa, teníamos bosques, algunos eran pinos y otros eucaliptos, entre nuestra casa y la de Bosh había varios terrenos, uno de Uncle John (Heaton) y otro de su amigo americano, tenían uno o dos árboles, algunos arbustos y unos yuyos, el suelo era de arena como el nuestro.

Los fines de semana, en invierno, cuando no teníamos otra cosa que hacer nos cruzábamos enfrente donde había árboles de todo tamaño y nos trepábamos. Peggy, como siempre, llegaba a lo más alto, yo la seguía con esfuerzo pero no llegaba tan alto, el problema era bajarme, no sabía como, era temerosa, así que Peggy me tenía que guiar rama por rama. Ella sabía que la próxima vez iba a pasar lo mismo pero igual me animaba a subir, muchas veces elegía árboles más bajos para que aprendiera y así fue, lo que aprendí es que nunca iba a ser una gran trepadora ni una deportista. Muchas veces Peggy perdía la paciencia y me dejaba sola cuando faltaba poco para bajar, y allí me quedaba. Toda familia tiene sus altos y bajos especialmente si esa familia es irlandesa.

Colegio de La Floresta

         Al final del verano, cuando Peggy pasaba a 6to año, Swift mandó a Papá por unos meses al sur del Brasil donde tenían una fábrica para envasar frutas y verduras. Papá se había especializado en la plantación, cosecha y elaboración de frutas y verduras, por esa razón ya había viajaba mucho a distintas provincias de la Argentina y ahora también a Brasil.

Como él se iba a fines de febrero decidió que lo mejor era que nos quedáramos en La Floresta por esos meses. Habló con la superiora de nuestro colegio, Inmaculada Concepción (Las Alemanas),  para plantear que faltaríamos un tiempo, y averiguar si podríamos reintegrarnos más adelante. Ella le dijo que podíamos volver cuando él volviera. 

Mamá averiguó  sobre los distintos lugares donde podíamos estudiar en La Floresta.  Una era la escuela que había en Soca y otro el colegio de monjas que había en el pueblo. Consultó a una familia (con dos hijas de nuestra edad, nos habíamos hecho muy amigas cuando íbamos los fines de semana, el padre trabajaba en las oficinas de UTE) que vivía todo el año en el balneario en una casa al fondo de la nuestra, para saber algo más de los colegios. 

El resultado fue que empezamos a ir al colegio de monjas que ellas iban. Íbamos de tarde, en COPSA, con un grupo de niños que vivían todo el año en Floresta y Sarandí. El colegio tenía un galpón muy grande, ahí le daban clase a los seis grados. Dividían los grupos dejando un espacio entre cada nivel, no me acuerdo cuántas maestras había, no serían más de cuatro, la mayoría eran monjas.  

El nivel de enseñanza no era tan exigente como en Las Alemanas, lo raro es que no me acuerdo mucho como eran las lecciones, solo me acuerdo que lo pasé bien y que a Peggy le gustaba ayudar a los más chicos.

Papá volvía cada mes, nos avisó en abril que nos íbamos a quedar por unos meses más, no nos molestó mucho, con Mamá lo pasamos muy bien, salíamos a caminar y jugamos a las cartas. Lo que nos faltaba era una radio, yo me fui con la empleada, Irma, al pueblo Mosquitos, donde había un local grande que vendía de todo, los mismos que tenían un local en el balneario que abrían en verano, así que nos conocían bien, por eso pude comprar una linda radio y la puse en la cuenta de mi padre. 

Peggy y yo hacíamos paseos en bicicleta, pero lo que más nos gustaba hacer era andar a caballo. Recuerdo un día que convencimos a Mamá, que nunca se había subido a un caballo, que montara. Peggy le sostenía las riendas pero no había forma de hacer mover al caballo, ni un paso dio, se quedó muy quieto hasta que Mamá se bajó. 

En el pueblito había una capilla donde eventualmente construyeron el Santuario de la Virgen de las Flores. En invierno la capilla del balneario quedaba cerrada, para ir a misa había que ir hasta el pueblo. El cura era un hombre bastante mayor y daba unos sermones muy largos y aburridos, apenas empezaba a hablar y casi todos los hombres salían afuera a charlar, a veces salían también algunos chicos, tenían tiempo para ir a la panadería, comprar bizcochos, y volver. El cura no se daba cuenta.

En verano cuando íbamos a la capilla del balneario, los hombres se paraban atrás y cuando empezaba el sermón, hacían lo mismo. 

Varios

El verano que cumplí 12 años, Mamá paso malos momentos y hubo que internarla, el médico que la atendió, le recomendó a Papá que llamara al Dr. Zamora, un psiquiatra muy conocido. Cuando Mamá estaba mejor, el doctor habló con ella, le dijo que debía internarse en el Sanatorio Squiafino, donde atendía, por 2 meses, para desintoxicarse. Mamá aceptó y pasó enero y febrero ahí.

Para que no estuviéramos solas Papá invitó a unos amigos americanos, el Sr. y la Sra. Sullivan con su hija de 6 años, una niña muy consentida. Vivían en Buenos Aires, el señor trabajaba en Swift. Se quedaron un mes, fue más difícil para mí que para Peggy porque la Sra. Sullivan era muy mandona y yo me rebelaba. Por suerte en febrero vino la familia Heaton y ahí empezamos a disfrutar el verano. Después de eso cada tanto Mamá se internaba.

Papá le enseñó a manejar a Peggy a los 12 años, a mí nunca me quiso enseñar ni me prestó su auto, en toda su vida. Aunque varias veces cuando, de mayor, ya no tenía auto y me pedía que lo llevara al médico, admitió que manejaba muy bien, yo le hice notar que no fue gracias a él sino de Arturo.

A los 13 años, Peggy tenía permiso de Papá para usar el auto, si yo la acompañaba, pero ella no se animaba a pedírselo así que lo tenía que hacer yo. Una vez la policía le dijo a Papá que Peggy manejaba muy rápido y llevaba el auto muy lleno, las chicas se sentaban adentro y los muchachos en el guardabarros. La castigo impidiéndole manejar por un mes.

Aventuras en la playa

La rutina de todos los días era ir a la playa a las 10 de la mañana, al principio bajábamos con mamá pero como no le gustaba quedarse en la playa después de bañarse, empezábamos a quedarnos con nuestras amigas.  

El baño en la playa de la Floresta era entonces más peligroso que ahora. Me ocurrió una vez, mientras me estaba bañando con dos amigas, que sin darnos cuenta nos encontramos atrapadas en un fuerte remolino, no podíamos salir.

 

Peggy me gritaba de la costa que saliera de ahí enseguida, cómo si fuera tan fácil! Cacho García Pintos me agarró la mano para sacarme pero la fuerza del remolino lo atrajo a él también. Varias personas se agarraron de las manos y formaron una cadena para tener más fuerza y así nos sacaron.

          Peggy y yo teníamos un gran amigo, Pocho Gravioto, nos cuidaba como un hermano. Cuando empezamos a bajar a la playa solas no entrábamos al agua sin su permiso, había otros chicos en la playa que bajaban antes que sus padres y hacían lo mismo. Los padres dependían de él. Cuando el subía con sus cuatro hermanos, nosotros teníamos que subir también, mas adelante cuando ya tenía 14 años subía con mis amigas.  

        

  Pocho tenía mucha paciencia, me dejaba subir a sus hombros para poder zambullirme.  Una vez quise nadar donde era más profundo, por supuesto le pedí permiso a Pocho, él me acompañó, mientras nadábamos sentimos algo frío por las piernas, nos asustamos y muy rápido volvimos a la costa, era una tonina. Según dicen si una persona está en peligro las toninas la empujaban a la costa.    

Pocho cumplía años el 21 de Enero y yo el 22, todos los años a las doce, no importaba con quien estuviéramos, si era en el club poníamos el disco “Según pasan los años” y si estábamos en el Casino le pedíamos a la orquesta que tocara la melodía, era una tradición entre nosotros. Siempre decíamos que éramos hermanos. Papá nos dejaba salir de noche si íbamos con él.  Era muy querido por todos.

Muchas veces cuando estábamos en la Boite del casino y era tarde y yo me tenía que ir a casa (antes que los demás) le pedía a Pocho que me acompañara porque me daba miedo cruzar el bosque, el ruido que hacían las ramas cuando crujían me impresionaba, me parecía que había alguien o algo, él sin ningún problema iba conmigo, eran solo dos cuadras.    

El ruido que se oía, los irlandeses lo llaman Banshee, la superstición dice que es una hada que emite esos sonidos ante una muerte. El ruido se oía siempre que había viento. Años después Arturo me mostró cómo las ramas hacían el ruido.

En el verano de 1943, durante la guerra, Marta y Janie fueron a Floresta una semana antes que Uncle John. Nadie, mucho menos Papá, se esperaba la sorpresa de ver llegar a Uncle John con dos oficiales jóvenes de la marina americana, Roy Greene y Oke O’Connel, invitados a quedarse en casa, y con un amigo de Buenos Aires, que se iba a alojar en el Hotel.

El domingo fuimos a misa, toda nuestra familia con los oficiales de uniforme blanco y con sus condecoraciones, fueron la atracción. Fuimos a la playa, y esa tarde se fueron de vuelta a Montevideo, porque el barco se iba el martes.

A los pocos meses recibimos una carta de uno de ellos agradeciendo el fin de semana y contándonos a través de una enfermera que su amigo había fallecido en batalla y que él se había quedado ciego.   

 

Bailes en el Club

            Todas las tardes a eso de las seis íbamos al club, algunas veces después de andar a caballo o de un paseo en bicicleta. Mientras había luz de día mirábamos los distintos partidos de tenis o frontón y apenas anochecía ponían música y empezaba el baile, Lo más popular era el tango y la milonga. 

Siempre me gustó bailar y enseguida aprendí, desde los 10 años los muchachos mayores me sacaban a bailar para practicar y poder luego sacar a las chicas que les gustaba. A mí me venía bien así aprendí a bailar tango, milonga, vals, pasodoble, foxtrot etc. No Había nada que no supiera bailar y al llegar a los 14 años nunca me faltó una pareja.

Cuando hacían competencias de baile podía elegir como pareja entre los jóvenes el que bailaba mejor cada pieza, la única competencia que tenía para el vals y el pasodoble era Peggy era tan liviana que parecía que volaba. Era difícil ganarle a algunas parejas mayores como a los de Reborati pero el tango, la milonga y el jitterbug muchas veces gané yo gracias a mi compañero de baile. 

 Otra actividad musical que teníamos eran los conciertos que el padre de Alicia Rodríguez armaba en los bosques de pino que había a los fondos del club. Era coleccionista de discos de todo tipo de música y en las noches claras especialmente de luna llena, ponía parlantes en el bosque y después de cenar todo el balneario iba llevando una manta para sentarse y empezaba el concierto. Ponía música de Bach Bethoven, le podían pedir cualquier música y él la tenía. Nunca faltaban los chiquilines que disfrutaban más molestando a las parejas que la música pero era parte de la diversión.

El Sr. Rodríguez también coleccionaba películas, en su casa tenía un cuarto con su discoteca y sus películas, todo para dar conciertos y la máquina para proyectar películas. Algunos sábados pasaba buenas películas después de cenar.  

Obras de teatro

Varias de las señoras que veraneaban en el balneario ayudaban a Las Hermanas de Don Orione que hacían muchas buenas obras para los niños del pueblo creo que además de la escuelita tenían un pequeño hogar para huérfanos.

En el verano de 1944 decidieron hacer una obra de teatro, frente a lo de Muttoni había un galpón que en una época se usó como teatro, tenía un buen escenario y lugares para cambiarnos.    Eligieron presentar La Cenicienta, enseguida se ofrecieron todas chicas pero fue imposible convencer a los varones a actuar pero ayudaron con el escenario, la colocación de las sillas, las luces etc.

Alicia Rodríguez hizo de Cenicienta y yo era el Príncipe, usé unos pantalones de montar, botas y capa negra, blusa blanca y un sombrero de alas anchas también negro con plumas largas de color, muy elegante. Ensayábamos por un mes a la hora de a siesta en la casa de Alicia fue muy divertido estuvimos entretenidos todo el verano y según la audiencia fue un éxito. Fue la primera y última vez que actué. 

Partido de fútbol

Algunos veranos se organizaban competencias con otros clubes de distintos balnearios. Peggy competía en tenis, frontón y una vez en patinaje. Aunque a mí me gustaba jugar no era muy deportista así que no participaba, pero un verano, creo que fue cuando tenía 15 años, un club nos retó a un partido de fútbol femenino.

Equipo de fútbol femenino Club La Floresta                   Rosemary: Golera, con pelota

Ninguna chica sabía jugar, igual formamos un grupo y nos anotamos. Los muchachos nos enseñaron a jugar. Íbamos todas las mañanas a la 10 al club a practicar, nos hacían jugar en distintas posiciones, al final me pusieron de golera porque atajaba muy bien la pelota. Hugo y Tito me hacían ir a las 9 de la mañana y me tenían hasta las 10 atajando pelotas.

El día del partido se lleno el club, jugamos muy bien y ganamos. A mí me gritaban ¡Máspoli! cada vez que agarraba una pelota. Fue todo un éxito.

Máspoli fue un gran golero que se inicio en las inferiores de Nacional, pasó luego a Liverpool y más adelante, en el 41 con 23 años debuta en el club del cual fue símbolo, Peñarol. Se le conoce hoy por haber sido el golero del equipo de Uruguay que ganó en el mundial de 1950, que se jugó en Maracaná.

Los paseos a caballo 

Todas las tardes durante varios veranos el señor que colocaba la pinocha en la calle nos traía a las 5 de la tarde dos caballos. Muchas veces salíamos solas, yo aprendí a la fuerza, Peggy, como siempre, se montó y salió. La primera vez que me subí a un caballo tenía 9 años, iba bien despacio y con un susto enorme pero un amigo pensando que me ayudaba, le pegó al caballo y salió galopando a toda velocidad, yo a los gritos y qué gritos, creo que toda Floresta me oyó, lo que pasaba es que no sabía frenarlo. Estaba a una cuadra de casa, Peggy venía detrás de mí y lo paró a tiempo.

Al poco tiempo se formó un grupo grande, que le gustaba salir a cabalgar. Nos gustaba bajar a la playa y galopar hasta el arroyo Sarandi, algunas veces, cuando estaba bajo, se podía cruzar hasta Costa Azul. También íbamos mucho por los caminos que había a través de los bosques, estaban planeadas para futuras calles. El señor que nos traía los caballos siempre le traía a Peggy el más inquieto, pero luego se enojaba porque lo hacía correr demasiado, le gustaba jugar carreras en la playa, lo traía muy traspirado y cansado.  

A mí me gustaba mucho andar a caballo, con la práctica llegue a ser buena. Una tarde cuando tenía 14 años, fuimos un grupo de alrededor de 12 o 15, hasta el arroyo Solís Chico. Íbamos galopando por la arena cuando de golpe mi caballo se empezó a hundir en arenas movedizas[1], me tiró, caí debajo de otro caballo, por suerte Alicia Rodríguez supo controlar su caballo, y pude salir bien rápido, los caballos estaban todos muy nerviosos, Chino Monteverde, que estaba acostumbrado a tratar con caballos, con paciencia, ya que el animal estaba muy asustado, lo liberó y se fue galopando. Yo me quede a pie, estaba un poco asustada, Chino me ofreció llevarme a mi casa, así los demás podían terminar su paseo. Por suerte Peggy no estaba, se hubiera puesto histérica.

 

Familias que veraneaban en la Floresta

Varias de las familias que pasaban el verano en La Floresta eran ya la segunda generación que acostumbraban veranear allí.

Algunas, como Alicia y Olga Fierro iban en invierno como nosotros, Olga, la menor estaba en mi clase, sus primos Raquel, Pocha (también iban a la alemanas), y su hermano Jorge Raggio, vivían al lado, la abuela con otros primos, en una de dos casas iguales, que daban a la avenida principal.

 Los dueños de la casa melliza eran la familia Craviotto, vivían en Pando. Eran 5 varones, el mayor Pocho, decía que era nuestro hermano, y nos cuidaba como si lo fuera. Frente a lo de Fierro, veraneaba la familia Zambrano, Beatriz, que estaba en mi clase, y su hermana menor, Nelly.

Casa Muttoni 

En una casa grande, que hacía cruz con el hotel, vivía la familia Muttoni. En el mismo terreno había otras dos casas. Las tres eran ocupadas por las familias de sus tres hijas y un hijo. Los nietos eran Alicia y Gloria Rodríguez, Daniel Muttoni, y otros 2 hermanos mayores que no me acuerdo el nombre, Sarahí, Buby, Marta y Maruchi Castilla. Sarahí se casó con el Dr. Manlio Ferrari, una excelente persona y un médico muy reconocido, me atendió hasta que me hice socia de Impasa. Bubi, trabajaba con su padre en la Florería Castilla, era un artista, Marta se casó con Julio Zafaroni, fue una de las abuelas que buscaba a su nieta desaparecida durante la dictadura, y Maruchi Castilla. Otros familiares, los Monteverde, alquilaban distintas casas cada verano, eran Judith, Chino, Estela y Marta.

En frente de lo de Muttoni tenían casa la familia del Dr. García Pintos, eran seis hermanos. El doctor falleció ahogado el mismo día que nació Susie.  Salió a pescar con el Sr. Craviotto y otro mas, se levantó una tormenta y volcó el barco. Al lado estaba la casa de los tíos de Teddy Suárez, Octavio y Pola Risso con sus dos hijos, Polo y Carlos. Teddy iba a pasar unos días todos los veranos, así conoció a Peggy. Polo estaba en nuestro grupo.

 

 Casa Rauchert

Cerca de la iglesia estaban la familia Pareja, tenían cuatro hijas, iban a “Las Alemanas”, la menor Graciela estaba en mi clase, una de las chicas se casó con Carlos Rauchert, cuya familia tenía casa sobre la avenida principal.  

En la misma zona en una casa estaba la familia Milburn, con tres hijos, Álvaro, que le gustaba correr autos, un día cuando estaba practicando en la pista tuvo un accidente y se mató, Jimmy, Robbie, y una hermana, muy bonita, se casó con Supervielle. 

Hacía el arroyo Sarandí tenían casa, la familia Reborati.  El Sr. Reborati tenía una empresa constructora, construyó muchas casas en Pocitos, todas llevan su marca. Al Sr. Reborati le gustaba bailar, verlos bailar a él y a su señora el paso-doble, era un placer, aparte era tan amable que cuando veía a una chiquilla sola y con ganas de bailar, la invitaba.

Sobre la rambla hacía el Río Solís Chico, estaba la casa de Mérola, Los Mérola tenían cuatro hijas y un hijo. Raquel, la menor, era muy amiga mía. Era una familia muy religiosa, Raquel al principio venía a estar con nosotros en la playa pero, por motivos religiosos, no se podía sacar la “salida de baño” para no mostrarse en traje de baño, se bañaba frente a su casa donde solo estaba su familia.

Al lado estaba la familia Zorrilla, solo fueron algunos veranos, eran siete varones, nietos del famoso poeta. Paco y Alfredo eran de nuestra edad. Mas adelante estaba la casa de Tito y Hugo Fernández, al lado una familia que venía de Minas, Trelles, Raul se casó con Estela Monteverde. Un nieto de ellos se hizo muy amigo de mi nieto, Federico.

 Frente al club, sobre la carretera veraneaba Jorge Debellis, un amigo de él Julio Lorenzo pasaba muchos días en su casa, estudió medicina y llegó a ser un especialista de niños muy conocido y director del Pereira Rossell.

Por esa zona estaban los de Barreira eran varios hermanos mayores que yo, Roberto trabajó por un tiempo en Swift para mi padre.

Otra familia que recuerdo era la de los Damiani, el padre era cantante de ópera mundialmente conocido, tenían tres hijos, Nando de mi edad y Jorge, el menor, es hoy un famoso pintor, también había una hermana mayor. Cerca de su casa vivía la familia Carrau, creo que eran cinco hijos, tres varones y dos mujeres. . Mercedes, se casó con Carlos Barreira. Cuando construimos la casa en Solís ella fue una de las primeras personas que vino a saludarnos.

Al Hotel La Floresta iban a pasar todos los veranos la Sra. Dhainaut y sus dos hijos Jean y Michel.

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Capítulo 3 – La Floresta

Apéndice del Capítulo 3: Historia del balneario La Floresta:

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Historia Balneario La Floresta

[1]  Arenas movedizas Las arenas movedizas son arena o arcilla mezclada con agua. El agua en cierta concentración hace que la arena adopte las características de un líquido y pierda la capacidad de soportar peso. Por lo que si alguien cae en una zona de arenas movedizas se hunde, pero como la mezcla de agua y arena tiene una densidad mayor a la del cuerpo humano, no se llega a sumergir del todo. Las arenas movedizas no suelen tener más de un metro de profundidad, por lo que la mayoría de las veces no cubren a las personas más allá de la cintura. A diferencia de lo que se ve en muchas películas, es casi imposible morir engullido por las arenas movedizas.

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2 comentarios

  1. Que bonita historia ,somos de la Comisión de Patrimonio de la Floresta y estamos trabajando una histórica revista ( Mariana de la Virgen de Las Flores ) junto a la congregación de don orione, nos interesaría mucho tener un contacto con usted, nuestro correo es revistadelavirgen@outlook.com Quedamos a sus ordenes saludan Javier Montes , Virginia Gutierrez

  2. QUE HERMOSO RECUERDO, YO NACI EN LA FLORSTA EN 1948, EN UNA CASA DEL CNEL.ROVEGNO, QUE ESTABA EN LA RAMBLA AL COSTADO DEL HOTEL, ME EMOCIONE, AMO LA FLORESTA.-

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